jueves, 24 de diciembre de 2015

El pequeño día. ¡¡Feliz Navidad!!

Ya llegó la Navidad, así que os quiero hacer un regalo a todos los que me leéis. Pero con una condición, y es que os relajéis y os toméis tiempo para este regalo. Buscad un rinconcito acojedor de la casa, prepararos un chocolatito caliente (también pude ser un té) y sentaos calentitos y a gusto con otros miembros de la familia.

Como no lleva envoltorio, os puedo decir de qué va el regalo: Es un cuento. No lo he escrito yo, sólo lo he traducido, porque ¿para qué escribirlo si ya existe? Es uno de mis cuentos favoritos y por eso quiero compartirlo con vosotros. Así que sin más preámbulos, allá va:

Érase una vez un pequeño día que vivía con sus padres y hermanos allá donde viven todos los días antes de venir a la Tierra, y a donde luego la noche los ahuyenta de la Tierra. Nadie sabe dónde está ese lugar, porque ¿quién sabe a dónde van los días una vez que ya han cumplido su función? Cada uno de ellos viene solamente una vez a la Tierra. Cada día es único.


Y así el momento cumbre en la vida de un día es naturalmente cuando viene al mundo de los humanos.

Nuestro pequeño día, del que trata esta historia, se ponía muy nervioso y contento cada vez que pensaba en esa fecha tan importante de su viaje a la Tierra, pero todavía tenía que esperar mucho tiempo, porque el sería el 27 de Diciembre de un año determinado, y todavía era Octubre del año anterior. No podía colarse, ya que el orden en que los días visitan la Tierra está establecido rigurosamente.

Así que el pequeño día sólo podía soñar con su futuro viaje a la Tierra, y con ojos llenos de asombro escuchaba las historias que contaban sus familiares de su visita a la Tierra.

Su padre había sido un día muy famoso y temido, en el que hubo un terremoto terrible que los humanos muchos años después aún no podían olvidar. “Toda la tierra temblaba”, contaba su padre con orgullo, “y estoy en todos los libros de historia”.

Su madre también era muy respetada por los otros días. Cuando le tocó a ella ser día, dos naciones que llevaban mucho tiempo en guerra habían firmado la paz. Una y otra vez quería escuchar el pequeño día cómo los humanos se abrazaban llorando y riendo, y lo bonito que había sido ese día.

Un tío suyo estaba muy orgulloso de haber traído el primer aterrizaje de un cohete en un planeta lejano, y su abuela no paraba de contar sobre la boda de una pareja real que se celebró con gran esplendor cuando ella fue día.

Foto: www.trendsderzukunft.de

Cada noche, cuando un día volvía de la Tierra, tenía que contar detalladamente todo lo que había pasado durante su servicio. El pequeño día escuchaba entusiasmado relatos sobre hechos gloriosos, inventos y grandes fiestas, pero también sobre catástrofes en la nieve, sequías y hambrunas, y sobre accidentes aéreos, explosiones y crímenes.

Un día su padre le dijo: “es muy importante que pase algo fuera de lo corriente cuando vayas a la Tierra, para así poder ser recordado, si no toda tu vida no tendrá ningún sentido. Da igual si lo que pasa es bueno o malo, lo principal es que dejes huella en los humanos”.

Cuando vaya a la Tierra”, pensaba el pequeño día, “seguro que va a pasar algo muy grande, algo nunca visto. No un terremotocillo o una boda de reyes, no, deben casarse 100 reyes a la vez, todas las naciones de la Tierra deben hacer las paces y prometer que nunca volverán a hacer guerra. Habrá unos fuegos artificiales enormes porque los humanos volarán todas las armas. En cada una de las estrellas del universo aterrizará una nave espacial, una enorme ola gigante inundará la mitad del planeta, y, y, y....”

Así soñaba el pequeño día sin parar, y cada vez le costaba más tener que esperar a su gran entrada en escena.
Y por fin, después de meses y semanas que se le hicieron interminables, llegó el gran momento. Era noche cerrada cuando su padre lo llamó, “llegó el momento. Dentro de media hora empieza el 27 de Diciembre. ¡Pronto serás un día en la Tierra!”. Su padre le acompañó un rato para que pudiera encontrar el camino, y ¡luego llegó el momento!. Pasito pasito se fue retirando la noche ante el pequeño día hasta que desapareció. El pequeño día gritó jubiloso: “¡Ahora yo mando en el mundo!”

Pero pronto se llevó la primera decepción. El sol dorado y radiante del que había hablado su primo en Julio con tanto entusiasmo, no estaba por parte ninguna. Una niebla gris cubría las primeras horas de la mañana. Todo tenía un aspecto apagado y nebuloso, húmedo y frío. Pero el pequeño día no le dio importancia, aún había muchas cosas nuevas, desconocidas y emocionantes por descubrir.


En todas las ciudades las calles estaban llenas de miles de personas camino del trabajo. Filas y filas de coches, autobuses, trenes, ferrocarriles, todos con prisa, empujando, lleno de bullicio. El pequeño día se rió: Era divertido ver cómo allí abajo todos corrían embarullados de un lado para otro.

Y observó detenidamente a los humanos. ¡No, no tenían pinta de ser amables! La mayoría se apresuraba por las calles malhumorados y sin ganas, se habían subido los cuellos de los abrigos y miraban hacia alante o hacia el suelo con rabia. Nadie parecía tener en cuenta al pequeño día.

¡Hola, estoy aquí!”, les llamó, “¡Yo soy hoy vuestro día! ¿No os alegráis de verme?”
Pero los humanos no se alegraban. “Vaya día más asqueroso”, le dijo un hombre a su compañero de trabajo, “esta llovizna tan desagradable me pone totalmente de los nervios”. “Sí, es horrible”, confirmó el otro, “mi mujer seguro que pilla otra vez la gripe con este tiempo. ¡Si al menos hiciera un poco de sol!”.

¡Sí, el sol! ¿dónde estaba? El pequeño día no lo encontraba por ninguna parte. “Querido sol, por favor, sal y haz el mundo un poco más bonito en mi día para que la gente no esté tan furiosa”. “No puedo hacer eso”, dijo el sol, que estaba oculto tras una gran nube gris cargada de lluvia, “todavía no tengo la fuerza, vuelve en primavera o mejor en verano, y entonces brillaré tanto que te deslumbraré, pero en Diciembre soy demasiado débil para eso”.

El pequeño día estaba completamente desesperado, “¡pero es que yo sólo soy hoy!”, gritó, “yo no puedo volver. En primavera y verano le toca venir a otros. ¡Por favor, querido sol, brilla por lo menos un poquito!”. El sol se compadeció de él y con todas sus fuerzas consiguió lanzar unos débiles rayos. El pequeño día nunca había visto nada igual. Extasiado y fascinado vio cómo los rayos de sol cayeron en una claro del bosque y la luz se reflejó en las gotas de lluvia. “¡Hurra!”, gritó el pequeño día, “¿os alegráis ahora de que esté aquí?”. Pero el sol había brillado muy poco rato, casi nadie en la ciudad se había dado cuenta de los pocos rayos de sol, y ahora otra vez estaba tan gris como antes, aunque ya no llovía y la niebla se había disipado. “Al menos algo”, se consoló el pequeño día, pero un poco triste sí que estaba.

Foto: imagenes.4ever.eu

Pero, ¿qué veo? En el patio de un colegio había un niño con una flamante bicicleta nueva rodeado de sus compañeros de clase. “¿De dónde has sacado esa bici tan guay?”, le preguntó uno de ellos. “¿Es que hoy no sabéis que día es hoy? Hoy es el 27 de Diciembre, el día de mi cumpleaños. ¡La bici me la han regalado por mi cumple!”. El pequeño día lanzó gritos de júbilo. Por fin alguien se alegraba de él. “Para este niño yo soy lo más importante del año”, pensó el pequeño día con alegría, y se puso a mirar al mundo con nuevo entusiasmo.

¡Descubrió el mar! Las olas golpeaban las rocas en la playa y la cresta salpicaba espuma. Era un espectáculo maravilloso del que el pequeño día apenas podía separarse. Dirigió su mirada a las montañas. Un montañero se esforzaba resoplando en alcanzar la cima. Cuando llegó arriba, se puso a reír y disfrutó de la vista hasta el valle. El pequeño día se alegró con él. Vio muchas ciudades y miró asombrado a los humanos, al parecer a la mayoría no le gustaba demasiado su trabajo. Hombres con caras apáticas accionaban palancas, botones e interruptores, fabricaban objetos que el pequeño día no podía entender para qué servían. En un gran recinto muchas personas hacían largas colas, ¡seguro que allí había algo especial! Pero no, cuando las personas finalmente llegaban a la ventanilla, tras la que se encontraba un hombre de mirada severa, tenían que hacer muchas cruces en pequeñas casillas sobre un papel y encima pagar dinero por eso. El pequeño día no salía de su asombro.

En un parque estaba sentado un hombre en un banco y escribía. Cuando acabó miró a su alrededor sonriendo satisfecho. Seguro que había escrito algo especialmente bello. El pequeño día se alegró. En una ventana había un músico que silbaba alegremente una melodía que acababa de componer. Al pequeño día le entraron ganas de silbar con él.

La tarde le trajo nuevas experiencias: niños jugando, personas paseando, gente que se encontraban para tomar tranquilamente un café. Vio a un hombre joven que llamó al timbre de una casa y salió una bonita chica. Los dos se cogieron de la mano y fueron a un parque. El joven se paró en un puente que cruzaba un pequeño arroyo y miró a la chica a los ojos. “¡Te quiero!”, le dijo y le dio un beso. El pequeño día no cabía en sí de felicidad.

Foto: mejoresimagenesde.com

Cuando llegó el atardecer y el pequeño día había acabado su tarea, volvió agitado a su casa. Todos los días se habían reunido ya y esperaban impacientes sus noticias. “¿Qué, cómo te ha ido?”, le preguntó su padre, “¿has sido un buen día?”. “¡Oh, sí!”, gritó el pequeño día, y todas sus experiencias brotaron de él como una cascada. “¡...y entonces se besaron!”, gritó casi sin aliento al final de su informe y miró ilusionado a su alrededor.

Su padre sólo hizo un movimiento despectivo con la mano: “Bueno, eso lo conocemos todos, pero cuéntanos las cosas interesantes, ¿qué ha ocurrido realmente?” El pequeño día le miró fijamente desconcertado. “Pero...”, titubeó, “eso es todo, es mucho, no?”

En las últimas filas algunos días viejos empezaron a reírse, y al final acabaron todos riendo, toda la comunidad, hasta que el pequeño día pareció hundirse en una enorme ola de risotadas. “¡¿Qué?!”, gritó su padre indignado, “¡al menos tiene que haber pasado algo!, quizás el hundimiento de un barco?, o un secuestro aéreo?, o al menos un atraco a un banco?” El pequeño día negó con la cabeza. Allí estaba, solitario y triste, en medio de todas las risas.

¡Un día tan bonito!, y los otros lo encontraban aburrido y cotidiano, no había pasado nada fuera de lo corriente. Se moría de vergüenza.

¿Ni siquiera un...” empezó a decir su padre, pero no acabó la pregunta, el pequeño día le daba pena. “¡Eres un don nadie!”, le gritó su tío, el que había presenciado el aterrizaje en un planeta lejano, “¡un don nadie! ¡Mañana mismo ya se han olvidado de ti en la Tierra! ¡Ningún libro hablará de ti, ningún ser humano te recordará! ¡Cumpleaños! ¡Sol! ¡Amor!, ¡anda, no me hagas reír!”.
¿Pero el amor no es algo especial y bonito?”, quiso preguntar el pequeño día, pero no se atrevió, tenía miedo de la guasa y las burlas de los demás.

Foto: www.eltern.de

Ven a descansar”, le dijo su padre, y se lo llevó, “¡y a vosotros ni se os ocurra volver a burlaros de mi hijo!”, les gritó amenazante a los allí reunidos.

Su madre trató de consolarle, “no estés triste, has sido un buen día y has visto muchas cosas bonitas en la Tierra. Sabes?, lo más importante no es que la mayor cantidad de personas se acuerden de un día. Si has hecho feliz a unos pocos, ya ha valido la pena tu existencia en la Tierra”.

Pero el pequeño día estaba desconsolado. Las risas y burlas siguieron los días y semanas siguientes, y él dejo de asistir a las reuniones nocturnas, no quería escuchar los relatos de los demás, así que se sentaba solitario en su rincón y no paraba de hacerse reproches, aunque ¡en realidad él no tenía la culpa!.

Pero una tarde, muchos días, meses y años después, sus padres le llamaron: “Imagínate, uno de tus sobrinos acaba de llegar de la Tierra y ha contado que se ha tomado la decisión de declarar el 27 de Diciembre como día de fiesta internacional, y ¿sabes por qué?, pues porque en tu 27 de Diciembre, cuando fuiste a la Tierra, no pasó nada malo, no se cometió ningún crimen, no hubo luchas en ningún lugar del mundo. Y precisamente porque no pasó nada malo, a partir de ahora cada año se celebrará en tu día la fiesta de la paz. Hoy lo han anunciado en todos los periódicos de la Tierra. ¡Sí, siempre hemos sabido que tú vales mucho!”.

El pequeño día no dijo nada, simplemente resplandecía de alegría.

Foto: www.estorias-trenga.blogspot.de

Traducido del original: “Der kleine Tag” de Wolfram Eicke. Recopilado en: "Wieviele Farben hat die Sehnsucht". Lucy Körner Verlag, 1986.

Pues nada, que paséis una Navidad muy feliz, cantéis muchos villancicos y disfrutéis, y no os olvidéis de poner paz en vuestros corazones el día 27 de Diciembre, para que este cuento pueda hacerse realidad, ya que de cada uno de nosotros depende que haya paz en el mundo. Imaginaros que de pronto un día todos los habitantes de este planeta decidieran ser pacíficos y amables, ¿qué pasaría?

Y si es posible por un día, ¿por qué no cada día?

¡¡Feliz Navidad a todos los seres de este mundo!!

viernes, 18 de diciembre de 2015

Sopa perfecta para Nochebuena (o Navidad, o cualquier momento ;-)

Estos días en casi todos los blogs hay recetas para el menú de Navidad, y llega un momento en que una se pregunta si poner otra receta más, que para poder probarlas todas vamos a tener que tirarnos un año celebrando la Navidad, ja, ja.

Pero qué le vamos a hacer, si tod@s tenemos unas recetas riquísimas y no podemos resistir la tentación de publicarlas.....!!

Y yo tampoco puedo resistir la tentación, así que aquí va esta sopa que es como la de picadillo (la típica esa con todo el jugo y la grasa de haber cocido el pavo, y a la que se le echaban trocitos de jamón picaditos muy, muy chicos, pedacitos de huevo duro, cachitos de sangre coagulada y no sé cuántas cosas más que me dan pánico de pensarlo, pero mira que me gustaba a mí aquella sopa..., con su chorrito de vino y todo).

Bueno, en realidad no tiene nada que ver con la sopa de picadillo, pero es la que vino a sustituirla, y es que es muy sencilla y a la vez muy rica, pero no sólo en Navidad, eh?, que a mi madre le encanta, y ella ni siquiera es vegetariana.

Así que no me enrollo más:


1 cebolla
1 puerro
2 zanahorias
2 ramitas de apio
2-3 patatas medianas
Perejil
1½ l. caldo de verduras
Nata vegetal
Aceite de girasol
Sal y pimienta

Picamos bien la cebolla y la ponemos en una cacerola grande con un poco de aceite a fuego medio, cortamos el puerro a rodajitas y se lo echamos a la cebolla, dejamos hacer removiendo de vez en cuando hasta que queden tiernos y cuidando de que no se quemen.

Mientras tanto picamos el apio, la zanahoria y las patatas en daditos pequeños y ponemos agua a hervir para el caldo. Una vez que estén listos el puerro y la cebolla, añadimos la verdura picada y el caldo, y dejamos cocer hasta que la zanahoria esté tierna (es la que tarda más en ablandarse).

Una vez fuera del fuego agregamos el perejil picado, un chorrito de nata vegetal, algo de pimienta (si es recién molida tanto mejor) y rectificamos de sal.

Y lista para servir.

Los amantes de nuevos sabores con un toque exótico podéis sustituir la nata vegetal por leche de coco, y el perejil por cilantro fresco, pero que conste que yo no lo he probado, así que va por cuenta propia, aunque si lo probáis me encantaría que compartierais aquí la experiencia.

Pues nada, que ya queda menos para Navidad. Me voy a poner un CD de villancicos ;-)

martes, 8 de diciembre de 2015

Tomando tierra. Earthing

Hola, hola...!!!! Desde la calabaza en adobillo ha pasado muuucho tiempo, incluso ha nevado, se ha ido la nieve, empezó el mercadillo de Navidad, se acabó.... y yo casi sin enterarme, y es que me fui a los mares del sur (del sur de España, ja, ja), donde aparte de disfrutar de la compañía de mi familia (sobre todo de mi madre), he tenido la maravillosa oportunidad de tomar tierra.

Y tomar tierra no es comer tierra (aunque tuve una época en que estuve tomando tierra medicinal de la marca Luvos). Primero pasé de este mar de nubes (donde suelo tener la cabeza ;-)) 


a este otro mar


y acabé en la playa


Y así, dando paseitos mañaneros por la orilla

No es nada fácil sujetar la cámara con una mano y que el horizonte quede derecho ;-)
sintiendo la espuma del mar entre los dedos


y dejando huellas efímeras en la arena


fui entrando en contacto con la energía de la tierra, descargando los electrones positivos de mi cuerpo (los famosos "radicales libres"), que se habían acumulado sobre todo por tantas horas de ordenador y de estar expuesta al electrosmog de teléfonos móviles, wifis y todas esas radiaciones que por no verlas nos parecen que no están, pero sí que están y producen muchas enfermedades, y tomé los electrones negativos de la tierra. De esta manera se produjo un equilibrio muy beneficioso.

Bien, pues esto es tomar tierra, también le llaman (hoy día que todo tiene su nombre en inglés) grounding o earthing. Los electrones negativos de la tierra son los mejores antioxidantes que existen y a través de su efecto neutralizador pueden reducir y hasta eliminar diversas enfermedades y dolores crónicos. 

Dando paseos por la playa se descubren además tesoros, como esta fascinante medusa

Lo ideal sería poder dar todos los días un buen paseo por la playa (el agua aumenta el efecto) o la hierba con los pies descalzos, pero como ahora lo que viene es el invierno y no en todas partes tenemos la suerte que yo he tenido, pues deberíamos buscar la manera de reducir las radiaciones en nuestro entorno (tarea practicamente imposible a no ser que nos vayamos a la selva o al desierto). Existen también algunos productos (sábanas, alfombrillas para el portatil, pulseras, mantas, parches y algunas cosas más) que al parecer nos permiten tomar tierra,  ya que lo que hacen es como con las lavadoras, las hornillas y otros aparatos eléctricos: ponernos en contacto con la tierra y descargar electrones positivos, tomando los negativos (que aunque se llamen negativos nos son malos). Según algunos estudios el conectar con la tierra sirve para mejorar el sueño, reducir el estrés y relajarse, regula la presión sanguínea y mejora la fluidez de la sangre, suelta contracturas, calma los dolores de cabeza, protege contra campos eléctricos y electromagnéticos, mejora o elimina dolores agudos y crónicos, eleva el nivel energético, mejora y acelera la curación de heridas, mejora o elimina inflamaciones, armoniza los ritmos corporales, disminuye las molestias menstruales y ayuda con el jet-lag.

Existe un libro donde está todo explicado: "Earthing. Con los pies descalzos " de Clinton Ober. Yo aún no lo he leido, ni tampoco he probado ninguno de los productos que he citado antes, pero creo que podría ser un buen regalo de Navidad.

Ya os contaré cómo nos ha ido, porque se lo he pedido a los Reyes. ¿Quién se anima a compartir la experiencia?